a travesura artística, como la definió, se gestó hace poco más de dos meses a partir del desafío de una arquitecta amiga y luego ya con la complicidad de familiares y conocidos, que supieron guardar el secreto para que no se altere el objetivo de fondo: medir la repercusión popular de la irrupción de una obra en un espacio público.

La autoría de la pequeña y delicada escultura emplazada de cara al mar sobre una piedra que asoma sobre los parques en pendiente de Playa Chica, convertida en el gran atractivo del pasado fin de semana largo y desde redes y medios con un efecto promocional inesperado para la ciudad, se mantuvo en el anonimato hasta esta mañana.

En los parques de Villa Victoria, con presencia de autoridades municipales, se confirmó que es obra de Mario Magrini, médico de profesión y apasionado de distintas expresiones artística. “Es una emoción con silueta de mujer”, dijo sobre la pieza a la que nunca le puso nombre y que realizó hace 15 años.

“Estuvo en el parque de mi casa, nos acompañó bastante y entendí que era el momento de compartirla”, dijo a La Nación sobre un trabajo que tuvo un rápido y notable reconocimiento por las expresiones de esta imagen femenina de tamaño equivalente a una niña de 6 a 8 años, no mucho más.

Carlos Balmaceda, secretario de Cultura de la comuna, acompañó al autor en esta presentación y destacó lo que considera “una experiencia artística extraordinaria” y una expresión distinta de la “relación entre arte y espacio público”. “Con su obra ha generado un impacto comunitario respetando todas las sensibilidades colectivas”, remarcó

Con la certeza que estaba por realizar algo no autorizado, como es intervenir sobre un espacio público sin cumplir los trámites de rigor, Magrini cumplió con el plan durante la madrugada del pasado 5 de febrero, a oscuras y –reconoce- con el temor de ser sorprendido en plena tarea. “No aguantaba la taquicardia”, reconoció durante la presentación pública de su experiencia.

La trascendencia llegó durante el pasado fin de semana largo, cuando marplatenses y turistas comenzaron a tomar fotos de esta novedad, elogiada en general y que desde entonces tuvo mil interpretaciones. “Comenzó a simbolizar amores, desamores, tristezas, esperanzas, símbolos, recuerdos y homenajes”, detalló sobre lo que él mismo escuchó frente a su obra, que fue a ver varias veces para presenciar en vivo la reacción de la gente. “La cantidad de expresiones de aceptación me llenó el alma”, dijo.

El lugar elegido no fue casual y tampoco la pieza. Con la arquitecta que alentó esta aventura, cuyo nombre prefirió mantener en reserva, definieron ese balcón de Playa Chica. Y en función de ese espacio, aclaró Magrini a La Nación, es que decidió que era ideal esa escultura que realizó para cristalizar emociones de un momento familiar muy íntimo.

Cirujano plástico desde hace 35 años, hijo de los fundadores de la Guardia del Mar –tradicional formación coreográfica de Mar del Plata- e incluso con experiencias en escenografía teatral, el autor supo combinar la combinación estética más perfecta entre obra y paisaje.

La instalación, que no fue advertida por curiosos y ni siquiera por cámaras de seguridad a pesar de que se trata de un espacio público céntrico, la hizo en soledad. Transportó la escultura en el baúl del auto, la bajó con un carro y la emplazó con una mezcla de cemento y arena. “La quería algo menos expuesta, pero esa piedra era ideal”, dijo sobre ese pedestal de tiempos precámbricos.

El resto fue esperar impacto, que llegaría casi una semana después. Mientras tanto había pasado casi desapercibida, en medio del pacto de silencio de quienes sabían de la idea. El propio Magrini reconoce que tenía muy poca fe en la perduración de su obra: “Sinceramente, pensé que no iba a durar más de una semana por robo o vandalismo”, reconoció. E incluso admite que si eso hubiera ocurrido sería parte del mismo hecho artístico.

Admitir su autoría, tanto de la obra como la intervención, fue consecuencia de ese conocimiento previo que mucha gente tenía de la obra y su creador. “Me advirtieron del municipio que se iba a filtrar y me iban a perseguir con consultas, así que salimos del anonimato”, explicó luego de aclarar que siempre pensó en mantenerse ausente para que solo la escultura trascienda y cobre vuelo.

La obra no tiene nombre ni quiere ser Magrini quien se lo ponga. Ni siquiera quiso definir en una palabra esa emoción que quiso reflejar cuando definió los trazos, plasmados en cemento y con una estructura interior metálica. “Chiquita, frágil, imperfecta”, la describe. Apunta que su deseo es que, ya roto el misterio del autor, siga en pie el que envuelve a esa imagen en cuanto a las sensaciones que genera en cada uno que la observa.

La figura de esa mujer, sentada con piernas recogidas, contenidas por los brazos y mirada perdida en el mar, recibe miles de visitas diarias. Allí la gente toma fotos y videos. Incluso, en medio del aura de misterio y las mil interpretaciones del por qué de su emplazamiento, en los últimos días ya aparecieron allí restos de velas y hasta flores. Obra de primeros devotos que le atribuyen a esa imagen un valor místico inesperado.

 

 

 

Fuente: La Nación