A continuación, la versión más funesta dentro de un año: más de dos millones de estadounidenses han muerto del nuevo coronavirus y casi todas las muertes se lloraron sin funerales. Una incontable cantidad de personas murió debido a que los hospitales estaban demasiado saturados para atender de manera adecuada los paros cardiacos y las crisis asmáticas y diabéticas. La economía se quedó sumida en una depresión, debido a que las políticas fiscales y monetarias son ineficaces cuando la gente teme salir, los negocios están cerrados y decenas de millones están desempleados. Todavía falta mucho para tener una vacuna, la inmunidad entre los que se han recuperado demuestra ser fugaz y el coronavirus se ha sumado a la gripe estacional como un peligro recurrente.

No obstante, hay un escenario alternativo para marzo de 2021: la vida en su mayoría habrá vuelto a la normalidad para finales del verano de 2020 y la economía se habrá recuperado con fuerza. Estados Unidos habrá recurrido a un impacto preciso y corto en la primavera de 2020 para romper el ciclo de transmisión; luego, el clima cálido habrá reducido las nuevas infecciones y dado un respiro veraniego al hemisferio norte. Para la segunda ola del otoño, las mutaciones habrán atenuado el coronavirus, muchas personas se habrán vuelto inmunes y los medicamentos habrán probado ser eficaces para su tratamiento e incluso para reducir la infección. Miles de estadounidenses habrán muerto, la mayoría de ellos octogenarios y nonagenarios y algunas personas con enfermedades respiratorias, pero para febrero de 2021, habrá vacunas disponibles y se habrá logrado controlar el virus.

Lo mejor que puede pasar

He estado hablando con epidemiólogos sobre el mejor y el peor escenario para calibrar lo que podría venir y ver cómo podemos inclinar la balanza. Permítanme comenzar con el mejor escenario, dado que a todos nos vendría bien una dosis de esperanza —que incluso podría ser terapéutica— antes de presentar un diagnóstico más desolador.

“Lo mejor que puede pasar es que el virus mute y de hecho se muera”, comentó Larry Brilliant, epidemiólogo que en su juventud fue parte de la lucha para erradicar la viruela. Brilliant fue consultor de la película “Contagin”, en la cual un virus evoluciona hasta volverse más mortal, pero esa es la excepción. “Los virus parecen empeorar solo en las películas”, explicó.

Otros dos coronavirus mortales, el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) y el Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS), se extinguieron, y eso es posible en este caso. “Mi esperanza es que el COVID-19 no sobreviva”, comentó Charles G. Prober, profesor de la Facultad de Medicina de Stanford.

Varios países han demostrado que la acción decidida puede cambiar el rumbo del COVID-19, al menos por un tiempo. Para sorpresa de todos, China informó el 19 de marzo que no había un solo caso nuevo de transmisión dentro de sus fronteras. Aunque China sigue siendo vulnerable a una segunda ola, al parecer ha demostrado que se puede vencer al virus.

Occidente no va a copiar las tácticas de coerción de China, pero Singapur, Taiwán, Corea del Sur y Hong Kong también han demostrado que, al menos provisionalmente, el virus puede controlarse.

Singapur y los demás modelos asiáticos exitosos respondieron con el paquete de herramientas epidemiológicas estándar: la vigilancia y la respuesta rápida, las pruebas, el aislamiento de los enfermos, el rastreo de los contactos, la cuarentena a los expuestos, el aseguramiento del distanciamiento social y el suministro de información confiable. No cerraron países enteros y Singapur se las arregló para mantener las escuelas abiertas todo el tiempo.

“Singapur es el mejor escenario”, comentó Tom Frieden, exdirector de los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades. Frieden comentó que había algunas posibilidades de que, con el distanciamiento social y los límites a las reuniones, Estados Unidos pueda disminuir la cantidad de infecciones y comenzar a adoptar estrategias al estilo de Singapur para reducir las infecciones nuevas.

“La lección más importante es que el virus puede contenerse si la gente es responsable y se apega a ciertos principios simples”, comentó Christopher Willis, médico de Singapur. “Mantengan la calma. Para la mayoría de la gente es como un resfriado común”, agregó.

Tom Inglesby, experto en pandemias de la Escuela Bloomberg de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins afirmó: “El hecho de que Singapur, Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur y China —y en cierta medida Japón— hayan aplanado sus curvas de propagación a pesar de haber tenido una avalancha inicial de casos debería darnos algo de esperanza en que podemos ver lo que están haciendo bien e imitarlo”.

Una señal alentadora es que, en el estado de Washington, que tuvo el primer brote en el país, el número de pruebas positivas parece ser estable.

El clima también puede ayudarnos. Algunos virus respiratorios disminuyen en el verano debido a la combinación de temperaturas más elevadas y que la gente no se aglutina, de tal manera que es posible que las naciones del hemisferio norte disfruten de una pausa veraniega antes de una segunda oleada en el otoño. Eso es lo que ocurrió durante la pandemia de gripe española de 1918: golpeó en la primavera de 1918, se fue, pero regresó peor que nunca en el otoño.

De los cuatro coronavirus que ocasionan el resfriado común, dos disminuyen en un clima más cálido, mientras que los otros dos son más variables. El Síndrome Respiratorio de Oriente Medio y el Síndrome Respiratorio Agudo Grave no tuvieron variaciones estacionales claras y la gripe estacional se transmite incluso en el verano, aunque menos que en invierno. Así que, aunque los expertos esperan que el clima más caluroso pronto traiga consigo un respiro temporal del coronavirus —la gripe ya está en retirada— no hay evidencias sólidas.

Una razón de nuestro optimismo mesurado es la posibilidad de que medicamentos antivirales acaben con el coronavirus; algunos ya están en ensayos clínicos. Los científicos tienen esperanzas puestas en el remdesivir, desarrollado originalmente para el ébola, la cloroquina, un antiguo medicamento contra la malaria, y algunos medicamentos contra el VIH y que estimulan la inmunidad en general. Muchos otros medicamentos también están en preparación para sus ensayos.

Incluso sin un tratamiento comprobado, el coronavirus puede ser menos letal de lo que originalmente se temía, siempre y cuando los sistemas de atención médica no se vean sobrecargados. En Corea del Sur y China, excluyendo a la provincia de Hubei, murieron alrededor del 0,8 por ciento de los que se supo que estaban infectados y el índice en un crucero fue de 0,6 por ciento.

Eso es todavía alrededor de seis veces el índice de la gripe estacional, aproximadamente un 0,1 por ciento, pero John Ioannidis de la Universidad de Stanford argumenta que el índice de mortalidad puede acabar siendo incluso más bajo. El académico advierte que estamos llevando a cabo intervenciones inmensamente disruptivas sin evidencia firme de la amenaza que el virus supone. Singapur ha tenido más de 200 casos confirmados del virus sin una sola muerte.

Cuatro de cada cinco personas de las que se ha sabido que tuvieron el virus solo presentaron síntomas leves, e incluso entre aquellos pacientes mayores de 90 en Italia, el 78 por ciento sobrevivió. Dos terceras partes de los que murieron en Italia tenían enfermedades médicas preexistentes, además de ser ancianos; David L. Katz, exdirector del Centro de Investigación para la Prevención de la Universidad de Yale, observa que muchos probablemente habrían muerto en poco tiempo por otros motivos incluso si el coronavirus no hubiera aparecido.

Dicho esto, un nuevo estudio de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades descubrió que de los casos de coronavirus en Estados Unidos que requirieron hospitalización en una unidad de cuidado intensivo, cerca de la mitad eran pacientes menores de 65 años; también hay preocupación por los daños duraderos en los pulmones de los sobrevivientes.

  

Tara C. Smith, epidemióloga de la Universidad Estatal de Kent, lo unió todo y dijo: “No soy pesimista. Me parece que esto puede funcionar”. Ella piensa que se requerirán ocho semanas de distanciamiento social para tener la posibilidad de disminuir la propagación del virus y el éxito dependerá de que la gente cambie de comportamientos y de que los hospitales no se saturen. “Si el clima más cálido ayuda, si podemos obtener estos medicamentos, si podemos hacer que las empresas produzcan más respiradores, tendremos una ventana para reducir esto”, comentó Smith.

Así que esto es lo mejor que puede pasar y es posible. Si quieren sentirse optimistas, no lean lo que sigue.

Lo peor que puede pasar

Ahora vayamos al otro extremo de las posibilidades. Neil M. Ferguson, epidemiólogo británico considerado uno de los mejores modeladores de enfermedades del mundo, produjo un sofisticado modelo con un peor escenario de 2,2 millones de muertes en Estados Unidos.

Le pregunté a Ferguson cuál era su mejor escenario. “Alrededor de 1,1 millones de muertes”, contestó.

Cuando eso es lo mejor que puede pasar, es difícil sentirse optimista.

Ferguson se pregunta si Corea del Sur y otros países podrán mantener el éxito durante dieciocho meses hasta que haya una vacuna disponible en vista de que continuamente están importando nuevos casos. De hecho, en días recientes se ha reportado una ráfaga de casos nuevos en Singapur, Hong Kong y Taiwán.

En cuanto a la esperanza de que Estados Unidos pueda emular a Singapur o Corea del Sur, esa podría ser una esperanza muy lejana.

Estados Unidos y Corea del Sur reportaron sus primeros casos de COVID-19 el mismo día, pero Corea del Sur se tomó la epidemia en serio y de inmediato creó una prueba efectiva, que usó de manera generalizada, y ha visto disminuir los casos más del 90 por ciento del punto más alto. En contraste, Estados Unidos cometió un error grave con las pruebas y el presidente Donald Trump desestimó el coronavirus en repetidas ocasiones, diciendo que estaba “totalmente bajo control” y “desaparecería” e insistiendo en que “no estaba preocupado en absoluto”. Estados Unidos apenas ha efectuado poco más de un diez por ciento de las pruebas per cápita de Canadá, Austria y Dinamarca.

Según algunos cálculos, Estados Unidos está solo ocho días detrás de Italia en una trayectoria similar y resulta difícil ver qué piruetas podría hacer Estados Unidos para pasar de la trayectoria de Italia a la de Corea del Sur. Estados Unidos ya podría tener 100.000 ciudadanos infectados, nadie lo sabe. Eso es demasiado como para darle seguimiento. De hecho, es posible argumentar que Estados Unidos no solo está en el mismo trayecto que Italia, sino además menos preparado, ya que Estados Unidos tiene menos médicos y camas de hospital per cápita que Italia, además de una esperanza de vida mucho más corta en sus mejores tiempos.

Mitre, una organización sin fines de lucro que trabaja en los servicios sanitarios, calculó que los casos de coronavirus se estaban duplicando más rápidamente en Estados Unidos que en cualquier otro país de los que analizó, incluidos Italia e Irán.

  

La pesadilla es un aumento repentino de casos que sobrecargue el sistema hospitalario. Un colega de The New York Times, Stuart A. Thompson, y yo trabajamos con dos epidemiólogos para desarrollar un modelo interactivo del virus que sugirió que en algún momento se necesitarán hasta 366.000 camas de cuidados intensivos en Estados Unidos para los pacientes del coronavirus, más de diez veces la cantidad disponible. Un estudio de Harvard llegó a una conclusión similar.

Este es un intervalo de calma en el que Estados Unidos debería estar aumentado con urgencia la inversión en vacunas y terapias, atendiendo la escasez severa de suministros y equipo médicos y dando a los médicos jubilados y militares autoridad jurídica para practicar medicina en tiempos de crisis. Durante la Segunda Guerra Mundial, Ford Motor Company producía un bombardero B-24 cada 63 minutos; hoy, deberíamos estar produciendo de manera acelerada respiradores y tapabocas, pero no hay nada que se asemeje a ese sentimiento de urgencia.

Peter Hotez, un eminente científico de vacunas del Colegio Baylor de Medicina, me dijo que él y sus colegas tienen una vacuna que podría funcionar para el coronavirus, pero todavía no han podido recabar suficiente financiamiento para ensayos clínicos.

Ya existe una impresionante necesidad de equipo protector. Luego de los traspiés iniciales en Wuhan, donde se presentó el primer caso de coronavirus, China adoptó protocolos de equipo de protección que son más rigurosos que los de Estados Unidos e incluyen máscaras N95 y escudos faciales, el uso de guantes dobles y batas y protectores para los zapatos, además de áreas especiales para quitarse la ropa de protección, y todo esto funcionó. Se sabe que ninguno de los 42.000 trabajadores de salud enviados a Wuhan se infectó de coronavirus. Estados Unidos no está protegiendo a sus trabajadores de la salud con la misma determinación; parece estarlos traicionando.

Irwin Redlener, director del Centro Nacional para la Preparación en Casos de Desastre de la Universidad de Columbia, mencionó que había recibido una llamada telefónica de un hospital importante de Florida que se había quedado sin tapabocas. Un médico quería saber si se puede usar tela para fabricar máscaras improvisadas. La respuesta: no funcionarían muy bien, pero eso es mejor que nada. La necesidad es tal que el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades ha publicado orientación oficial que aconseja a médicos y enfermeras que “pueden usar tapabocas caseros (por ejemplo, un pañuelo o una bufanda) para cuidar de pacientes de COVID-19 como último recurso”.

“Si la gente piensa que se avecina una crisis hospitalaria, es importante que sepa que ya está aquí”, afirmó Redlener. “Está afectando a los trabajadores de la salud de primera línea, que probablemente sean el grupo de mayor riesgo. Son los soldados de combate en el frente de una guerra”.

En Italia, un 8,3 por ciento de los casos de coronavirus involucran a los profesionales de la salud. Una doctora del área de Seattle que se ve obligada a reutilizar máscaras N95 me dijo que ella y sus colegas temen que la falta de suministros sea mortal.

“A estas alturas, todos estamos haciendo planes de contingencia por fallecimiento, por si acaso. Estamos haciendo nuestros testamentos, designando a personas que cuiden de nuestros hijos, grabando cuentos para dormir”, mencionó.

En el peor de los casos, ¿los servicios sociales colapsarán en algunas áreas? ¿El orden social verá afectado? La venta de armas está aumentando, porque algunas personas esperan que haya caos y delincuencia.

Estados Unidos está en una posición más débil que algunos otros países para enfrentar el virus porque es el único país avanzado que no tiene cobertura universal de salud y es el único que no garantiza las licencias médicas con goce de sueldo. Con las enfermedades crónicas, la carga de estas deficiencias recae principalmente en los pobres; con las enfermedades infecciosas, todos los estadounidenses la comparten.

Está en nuestras manos

Entonces, ¿hacia dónde se dirige Estados Unidos? ¿Padeceremos el peor escenario, con 2,2 millones de muertes? ¿O lograremos darle la vuelta a la situación, con ayuda del verano?

Nadie lo sabe, así que el camino a seguir es esperar lo mejor mientras nos preparamos para lo peor. Brilliant, a quien cité anteriormente, quien espera que el virus mute y se muera, también advierte que el coronavirus puede “ocasionar afectación mundial a una escala que no hemos visto con ninguna epidemia en más de cien años”.

En parte, los resultados dependen de nosotros y mis conversaciones con expertos me dejan preocupado porque todavía no estamos haciendo lo suficiente.

“Si acaso, aún estamos actuando con menos eficiencia de lo que deberíamos”, comentó Chaz Langelier, experto en infecciones respiratorias de la Universidad de California en San Francisco. “La semana pasada, en términos de pruebas y respuesta de salud pública, llegamos al ritmo que debimos haber alcanzado hace un mes”.

Esta crisis debería ser una llamada de atención para atender las vulnerabilidades a largo plazo. Eso significa proveer atención médica universal y licencias médicas con goce de sueldo y, si piensan que la ley del coronavirus que Trump promulgó el miércoles hace eso, piensen de nuevo. Garantiza la licencia por enfermedad solo a alrededor de una quinta parte de los trabajadores del sector privado. Es una señal de lo inadecuada que es la preparación de Estados Unidos.

  

Más generalmente, Estados Unidos debe remediar sus prioridades sanitarias: destinamos muchos recursos a la medicina clínica, pero descuidamos la salud pública. ¿Cuál es la diferencia? Si tienen cáncer de pulmón, los cirujanos los operan para salvarles la vida, pero son los profesionales de salud pública quienes evitan que ustedes fumen para no llegar a eso. Si tienen coronavirus, un médico los atenderá; la salud pública tiene el propósito de evitar que la pandemia se les acerque. Estados Unidos tiene un sistema sanitario descentralizado y desigual y ha padecido dolorosos recortes presupuestales; a pesar de ello, históricamente, la salud pública ha salvado más vidas que la medicina clínica.

Tal vez la libremos esta vez, pero los expertos han venido advirtiendo desde hace décadas que vendrá una pandemia mortal; normalmente, esperaban una gripe aviar como la pandemia de 1918 en lugar de un coronavirus. Singapur y Corea del Sur actuaron bien esta vez en parte debido a que se habían asustado con el Síndrome Respiratorio de Oriente Medio y el Síndrome Respiratorio Agudo Grave y estaban vigilantes. Si nosotros también podemos asustarnos lo suficiente para invertir en la salud pública y arreglar nuestro sistema sanitario, entonces algo bueno puede resultar de esta crisis y, en el largo plazo, eso podrá salvar vidas.

La “gran crisis” se acerca, ya sea ahora o después, ya sea que estemos preparados o no. Ferguson, el modelador de enfermedades infecciosas que predijo que Estados Unidos podría llegar a los 2,2 millones de víctimas, tuvo tos y fiebre hace algunos días. Su prueba de coronavirus salió positiva.

 

Fuente: infobae