Sarah Anne Johnson conocía a grandes rasgos la historia de su abuela. En 1959, Velma Orlikow se había internado en un reconocido hospital psiquiátrico de Canadá, el Allan Memorial Institute de Montreal, con la esperanza de superar una depresión post parto.

Durante tres años entró y salió del hospital, pero en vez de mejorar su condición empeoró y su personalidad sufrió cambios estremecedores.

Más de dos décadas después, Sarah Johnson y su familia recibieron una explicación; una mucho más extraña de la que imaginaban.

El proyecto "MK Ultra"

Según una larga nota publicada por el diario inglés The Guardian, titulada "The toxic legacy of Canada's CIA brainwashing experiments" (El legado tóxico de los experimentos de lavado de cerebro de la CIA en Canadá), en 1977 se supo que la Agencia de espías había financiado experimentos de lavado de cerebro en el hospital como parte de un amplio proyecto en América del Norte conocido como MK Ultra.

Por entonces, la agencia de inteligencia norteamericana buscaba profundizar en el conocimiento sobre el lavado de cerebro, luego de que un puñado de estadounidenses -que habían sido capturados en la Guerra de Corea- habían alabado el comunismo y denunciado a EE.UU.

En 1957, este interés llevó a la Agencia al norte de la frontera, donde un psiquiatra nacido en Escocia, Ewen Cameron, trataba de descubrir si los médicos podían borrar la mente de una persona e instalar nuevos patrones de comportamiento.

 

Los experimentos

Orlikow era una de los cientos de pacientes que se convirtieron en objetos de estos experimentos en Montreal a fines de los 50 y principios de los 60.

"Es casi imposible de creer", dice su nieta. Después de que su abuela murió, esta artista canadiense comenzó a investigar sobre el instituto, buceando en los diario de Orlikow y en documentos judiciales. "Algunas de las cosas que le hicieron a los pacientes son tan horribles e inimaginables que parece algo sacado de una pesadilla".

Los pacientes eran sometidos a una terapia de varios días de electroshocks de alto voltaje, forzados a largos sueños inducidos por drogas, que podían durar meses, e inyectados con enormes dosis de LSD.

Después de reducirlos a un estado similar al de un niño, recuenta el Guardian, en muchos casos quitándoles habilidades básicas como vestirse o atarse los cordones, Cameron intentaba reprogramarlos, bombardeándolos con mensajes grabados de hasta 16 horas por vez. Primero eran mensajes negativos sobre sus insuficiencias, seguidos de positivos, en algunos casos repetidos hasta medio millón de veces.

"No lograba que los pacientes escucharan (los mensajes) lo suficiente, entonces les ponía parlantes en cascos de fútbol y se los abrochaba a la cabeza", contó Johnson. "Se estaban volviendo locos, golpeándose la cabeza contra las paredes. Entonces se le ocurrió que podía inducirlos a un coma y pasarles las grabaciones el tiempo que fuera necesario".

Además de recibir los electroshocks, la abuela de Johnson recibió inyecciones de LSD en 14 oportunidades. "Decía que sentía que los huesos se le derretían. Decía: 'no quiero eso'", contó Johnson. "Y los médicos y enfermeras le decían: 'sos una mala esposa, sos una mala madre. Si quisieras estar mejor, harías esto por tu familia. Piensa en tu hija'".

Orlikow murió cuando Johnson tenía 13 años.

"Sabía que mi abuela no era como el resto de las abuelas. Sus nervios y su ira se disparaban por nada. Si alguien se tropezaba con ella o si alguien en un restaurante derramaba algo sobre ella, explotaba. No iba a lastimar a nadie, solo gritaba y llevaba horas calmarla".

Años más tarde, Johnson descubrió que los experimentos hicieron estragos en el cerebro de Orlikow: tardaba tres semanas en leer el diario, meses para escribir una carta y años para leer un libro.

 

Más casos

Pero no era el único casos. Ejemplos como los de Orlikow se repitieron por todo Canadá.

El Guardian cuenta el caso de Alison Steel, cuya madre fue internada en el hospital en 1957.

Su mamá tenía 33 años y luchaba contra los estragos de haber perdido a su primer hijo y mostraba signos de depresión. "Por entonces, este doctor Cameron era como un psiquiatra milagroso", dice Steel. "Se suponía que hacía maravillas con la gente deprimida o con problemas de salud mental".

A la mamá de Steel la inducían para dormir, una vez durante 18 días, una segunda vez por 29 días. También era sometida a series de electroshocks, inyecciones de drogas experimentales y sesiones interminables de mensajes grabados.

"Dicen que era tortura para seres humanos, tortura humana", relata Steel, que por entonces tenía 4 años. "Lo que querían hacer era borrar las emociones. Te arrancaban el alma".

Después de tres meses le dieron el alta y su madre volvió a casa. Los tratamientos le habían borrado parte de su memoria, y quedó envuelta en ansiedad y nerviosismo. "No podía hablarme sobre la vida o cosas comunes. No era capaz de bromear o reír".


Las demandas

Según el Guardian, el psiquiatra detrás de los experimentos murió de un ataque cardíaco en 1967 mientras escalaba una montaña. Pero durante décadas, hubo varios intentos por parte de ex pacientes y sus familiares de demandar al gobierno canadiense y a la CIA.

En 1992, el gobierno de Canadá ofreció una compensación de 78 mil dólares a unos 77 pacientes del instituto que habían sido reducidos al estado de un niño. A otros cientos, incluida la madre de Steel, se les negó una compensación porque se consideró que no habían sido dañados lo suficiente.

En otro proceso, contra la CIA, se llegó a un arreglo en 1988, para que tanto la abuela de Johnson como otros ocho pacientes recibieran algo más de 80 mil dólares. Los demandantes habían pedido un millón de dólares y una disculpa pública.