El relato del gobierno acerca de las “debilidades internas” estaba perfectamente diseñado: el peronismo, los docentes, los sindicatos, esa abstracción de “los 17 millones de argentinos que viven del Estado”… El problema es que se le cayó el castillo de naipes de la volatilidad externa (¿de qué está hecha su “macro”?). Si sabemos de qué estaba hecho su relato: liberar el cepo, flotación cambiaria, volver al mundo, lluvia de inversiones, actualización de tarifas, baja de inflación. Esta semana se engendró el comienzo de la crisis política. En un país con 30% de pobres hace años preguntarse por cuándo comienza una crisis es como preguntarse en Afganistán cuándo empieza una guerra. Nunca guarisover. A diferencia de los años 90. Cambiemos no tiene un cepo monetario como la convertibilidad: tiene un cepo ideológico, se movieron sobre sus propios límites mentales. Y se puede comparar esto con el 2001 porque hay derecho a hacerlo: el 2001 fue un trauma social. Veamos un poco.

En 2001 había una alta tasa de desocupación. Hoy, por ahora, no hay una crisis de empleo, aunque sí de la calidad del empleo.

El 2001 tenía la convertibilidad (el Estado no tenía un instrumento: el monetario); de hecho el mismo FMI no era exactamente promotor de ese 1 a 1. Hoy hay instrumento monetario (se devalúa) y siguen faltando dólares, la economía crece poco o nada desde 2011 y el problema que tenemos es estructural: se llama restricción externa. Se lo explicó cien veces. La solución fue: tomar deuda.

En 2001 la convertibilidad mantenía amplio consenso social, había sido el remedio de un trauma anterior (la hiperinflación) pero también el veneno de ese momento de crisis brutal: la recesión, el desempleo, la destrucción industrial, etc. Hoy el gradualismo no tiene militantes ni consensos explícitos. Se repite sin saber qué significa: es un juego de velocidades.

El 2001 tenía crisis de representatividad (recordar el voto bronca de aquel octubre). Hasta ahora la política representa: habría crisis si la oposición no se hubiera unido en el voto de esta semana.

El 2001 tenía una alternativa económica: la salida duhaldista/devaluatoria, pero justamente ese 1 a 1 funcionaba como una belle epoque liberal en el inmediato pasado que justificaba esa políticas. Una adicción que nos mataba. De la Rúa, de hecho, en 1999 fue el candidato más firme en la defensa de la convertibilidad. “Conmigo un peso, un dólar”, y lo repetía mientras la cámara se le acercaba.

En 2001 nacía el Frenapo y la primera idea de un “ingreso universal” que motorizaba la CTA, el MTA, movimientos sociales, organismos de derechos humanos y políticos puntuales como Elisa Carrió o Néstor Kirchner. En 2002 Duhalde implementó con esa legitimidad el primer Plan Jefes y Jefas de Hogar. Hoy el gobierno asume la dimensión del “gasto social” (la AUH) necesario para gobernar ese mínimo de ingresos erosionados por la inflación.

El 2001 tenía un relato del ajuste (contra el “gasto político”), González Oro leía el presupuesto público en la mañana de radio 10, e imaginaba recortes, unificación de cámaras parlamentarias, despidos de choferes y amantes. Presentaba la escena literalmente así. Hoy, también se presenta el “menú” de los millones que viven del Estado, un planteo indiscriminado que mezcla docentes, policías, jubilados y pensionados, maestros, beneficiarios de AUH, empleados públicos de municipios, provincias y nación. Y así un largo etcétera.

El 2001 había un gobierno no peronista que chocaba contra su propia piedra. Hoy también. Es mentira que el peronismo “no los deja gobernar”: su mismo gobierno atentado contra la gobernabilidad.