El discurso de CFK en el “encuentro del pensamiento crítico” tuvo dos rebotes fuertes. ¿Por qué? Porque fue un breve ejercicio de pedagogía sobre la tropa propia. Cristina quiso ofrecer un nuevo diseño conceptual del campo opositor. Y los dos ejes propuestos no sonaron como música maravillosa para el oído militante sino como un mensaje a descifrar, a comprender, a masticar. Y nos toca es pensar por qué. ¿Por qué Cristina planteó que no se podía subordinar la división del campo entre los dos pañuelos (pareció querer decir: “salvemos los dos pañuelos”), y a le vez en un típico giro retórico de la “tercera posición” optó por diluir también la división ideológica clásica entre “izquierda y derecha”? No es una novedad en el lenguaje peronista este “más allá” ideológico que reubica el conflicto sobre otros “clivajes”, es una novedad en el lenguaje de Cristina.  

 

Por supuesto: hubo rebotes. Algunos audibles, algunos escritos, muchos imaginables. La socióloga María Pía López publicó un artículo de respuesta en el que cuestionó “desde adentro” este eje en el discurso de Cristina. Dijo: “No es un problema de coexistencia de opiniones que deban considerarse a la par, respetables disidencias entre compañeres. No lo es porque un sector, con esa posición, intenta privar de derechos al otro, quitar libertades. Es como si se aceptara que en un movimiento haya algunos a favor de la esclavitud y otros en contra y plantear la equivalencia. No es posible, porque unes privan de derechos a otras.” 

No dividir entre pañuelos. No dividir entre izquierda y derecha. ¿Qué busca Cristina en este giro? Trascender la grieta, explorar la ampliación del campo propio, incluir y evitar con esas inclusiones las condiciones de una bolsonarización, es decir, de un voto populista de derecha frente a la idea instalada en ese mismo encuentro, de que en la región se confirma lentamente una tendencia de voto anti progresista. Cristina analiza estas elecciones de un modo diferente que a las de 2017. 

Las definiciones en el mismo encuentro en torno a “la izquierda” parecieron compensar este giro. El vicepresidente de Bolivia, García Linera, se preguntó qué significa ser de izquierda, y respondió: “Haber sacado a 72 millones de personas de la pobreza”. “Hay que ser fríos y reparar en los límites y los errores cometidos durante esa primera oleada, porque tenemos que prepararnos para la segunda.” Y el dirigente de Podemos, el español Juan Carlos Monedero, también “razonó” sobre la identidad. Dijo: “Hay un sector de la izquierda que piensa que es más inteligente y más de izquierda cuanto más apocalípticos, oscuros y tenebrosos son sus discursos. Eso no es verdad. La gente que no abre vías de esperanza está trabajando para el conservadurismo.”

Sin embargo este intento de “síntesis” en los colores parece inútil. Cristina misma en la noche de la votación alentó la incorporación del feminismo para “completar” el diagrama de una nueva identidad, diríamos, y le dio aire a esta subjetividad verde vista como una contraseña generacional que le hizo a ella incluso “revisar” su voto. Pero lo que hay entre “los pañuelos” es una fractura social que no se puede reparar desde arriba, o bajo los parámetros de una síntesis política clásica, por izquierda. Amén, también, de cierta subestimación sobre la sensibilidad electoral de los “pañuelos celestes”, vistos a la distancia como una barbarie evangelista que puede ser rechazada y aupada según el calendario, como si no fuera portadora de un núcleo de símbolos y prácticas. Vale recordar que la Historia que se puede escribir sobre por qué no se votó la ley de interrupción voluntaria del embarazo no puede empezar con la previsible oposición religiosa (ecuménica) sino, a mi juicio, con la falta concreta de una voluntad oficial que paradójicamente habilitó el debate. Pero recordemos que esta difícil reconciliación entre pañuelos tampoco determina su distribución electoral: se sabe dónde crecen a mayor velocidad los pentecostales y dónde también se mantiene firme el voto a Cristina. La “coincidencia” habla mucho de la complejidad de los sectores sociales argentinos y tal vez del modo “simultáneo” en que pueden convivir política, militancia, fe y valores. No hay que subestimar a nadie.