La intervención del PJ y los reciclados

Esta semana fue pródiga en hechos de interés. El establishment argentino leyó que la detención de Lula daba una nueva oportunidad a la alicaída táctica de la persecución política. Procedió a dar dos golpes, y todo indica que los erró, porque olvidó su propio manual de estrategia. Hace algunas semanas, Nicolás Massot dijo que después de Macri debía venir un “peronismo reciclado”. El presupuesto de esta esperanza es la extirpación o la inutilización del kirchnerismo. Esto explica la erosión cotidiana de los medios contra dirigentes y personalidades del kirchnerismo, y por supuesto explica los encarcelamientos. Pero el manual de la persecución no incluía figuras extra-kirchneristas, y mucho menos instituciones con medio siglo de antigüedad. La extravagante intervención del PJ dejó sin armas a los moderados porque amplió demasiado la lista de excluidos. Algunos pensadores reflexionan aún si la nueva era debe pronunciar “Cristina sí” o “Cristina no” –y esto sólo es posible si el establishment mantiene un escenario sin mayores cambios. Pero con los sucesos de la última semana parece que Macri dijese: Cristina no, Moyano no, el PJ nacional tampoco, Fellner que vaya preso…  

Estas iniciativas, a primera vista poco calculadas, deja en mala posición a los “reciclados”. La promesa implícita de los reciclados es algo así: “si ayudamos a Macri a sacar al kirchnerismo de la política, el sistema nos lo retribuirá permitiéndonos gobernar en algún momento”. Ahora bien, si se interviene el PJ, entonces… nadie está a salvo. Otra promesa no cumplida. La cumbre de Gualeguaychú ya estaba bañada de estas certezas y fue registrada en imágenes de neto corte funerario. Las declaraciones de Pichetto sobre la “racionalidad” son irreproducibles de tan aburridas. En los participantes de esa cumbre no estaba ni siquiera la voluntad de fingir entusiasmo: incluso la remanida exclusión de “Cristina y La Cámpora” no los excitaba como en otras épocas. Las fotos del randazzismo del año pasado dejaban entrever una depresión parecida pero comparativamente menor. 

Esto significa una cosa: el sermoneo de “basta de Cristina y La Cámpora” empezó a sonar viejo. Su mejor vocero era Massa. Randazzo ya no lo hacía tan bien. Pichetto es francamente insoportable. A nivel interno, el gag se desgastó. La crítica clásica contra el malvado binomio “Cristina y La Cámpora” se hacía en nombre de un supuesto peronismo tradicional u ortodoxo, libre de la presunta influencia “progresista” presuntamente dañina. Pichetto multiplicó el escarnecimiento con el concepto del kirchnerismo “soviético”, pero también critica el “peronismo del bombo” y habla mal de La Matanza… La demagogia, con seguridad, no es su fuerte.

 

García Linera para argentinos

Es decir: la intelligentizia pasó del fin del kirchnerismo al fin del fin del kirchnerismo. Y esto no por mero cansancio mental. Ocurre que las posturas minoritarias sostenidas durante el bienio 2016-2017 empezaron a ganar prestigio. Tomemos una al azar: “el macrismo es simplemente un gobierno de ajuste”. Esta caracterización era terriblemente discutida en los gloriosos meses de la renovación de los intendentes (2016). Ahora, después del vigésimo tarifazo de luz, después de la Reforma Previsional, no lo discute nadie. Otra: “Cambiemos es un proyecto antiperonista y autoritario”. Nuevamente, cuando la única presa era Milagro Sala, esta postura era marginal; con la detención de Fellner, pasó a ser simplemente verdad. Por cierto, estas posiciones tuvieron más acompañamiento electoral que todas las variantes “racionales” sumadas, pero precisamente lo tuvieron porque eran más populares, más convocantes. En otras palabras: el kirchnerismo vuelve lentamente a ganar debates. Para ponerlo en términos más suaves, vuelve a convencer. Vuelve a sumar, como lo muestra la extensa foto del escenario del homenaje a Ballestrini. 

Pero para convencer, primero hay que vencer. García Linera lo explicó muy bien en diferentes ocasiones: nunca se trata solamente de “incorporar” a otros actores políticos a nuestra causa (lo que podríamos llamar el “momento gramsciano” o hegemónico), sino fundamentalmente de “derrotar” al adversario en una confrontación directa (digamos, el “momento jacobino”). Linera es todavía más agudo: sin lugar a dudas se trata tanto de “derrotar” como de “incorporar”, pero además debe ser exactamente en ese orden. Vale la pena una concisa cita de Linera: “al adversario hay que incorporarlo, pero no se incorpora al adversario en tanto adversario organizado, sino en tanto adversario derrotado”. Traducido a los problemas argentinos de esta época, antes de sumar al actor político que sea, antes de “vengan todos, no hay límites, unidad kilométrica” tenemos que estar seguros de haber “ganado” la discusión. ¿Por qué? Porque de otra manera, lo que está ocurriendo probablemente es que nosotros seamos los “sumados” a una unidad que podría ser “unidad para pactar con Macri”. Y no queremos esto. La pregunta (molesta, pero necesaria) que debemos hacernos cuando vemos una nueva unidad política es: ¿quién le ganó a quién? ¿Quién convenció a quién? ¿Quién conduce?

En resumen, el kirchnerismo ahora convence porque antes venció: sus posiciones fueron validadas en elecciones, en movilizaciones, en el día a día. (Este es el pensamiento que escapa a los analistas políticos, quienes por razones profesionales son excesivamente gramscianos y nada jacobinos: su ingenuidad reside en que quieren “articular” sin antes “domesticar”, incluso más: quieren articular para no tener que domesticar.)

 

El lentísimo progreso de la oposición es, de cualquier manera, evidente

Si Pichetto es el vocero del “Cristina y La Cámpora no”, el kirchnerismo puede felicitarse: antes eran Massa y Randazzo, es decir, candidatos a algo (con grado decreciente de verosimilitud, es verdad). Si el candidato de esa facción es Urtubey, tanto mejor: ni Urtubey ni Pichetto pueden congregar nada calificable como “oposición” detrás suyo… Así, el “Cristina y La Cámpora no” se va convirtiendo crecientemente en lo que siempre fue: una excusa para pactar, para no ir a fondo. Esto se nota especialmente en el tipo de descalificaciones asociadas a este binomio. Los massistas extremistas, a veces autodenominados “nestoristas” sermonean del siguiente modo: Cristina y La Cámpora son soberbios, sectarios, destruyeron todo porque expulsan. La posición promedio salva a Cristina de estas acusaciones, pero las mantiene sobre La Cámpora: Cristina transformó la Argentina, pero quiénes son estos pibes que se la creen, subestiman, sectarios, a quién le ganaron, etc. Por último, está la lenta y digna aceptación del paquete completo: el avance de este punto de vista es el que está robusteciendo a la oposición a Macri, el que está bajando la imagen positiva de Vidal, el que está desbaratando la inevitabilidad, cada vez más presunta, de la reelección conservadora.