Casi todas las religiones coinciden en lo que se ha dado en llamar la Regla de Oro, que propone tratar a los demás como quisieras que te tratasen a vos, y no hacerle a los otros lo que no te gustaría que te hagan.

Además de diversas creencias religiosas, filósofos de distintas épocas y culturas han coincidido en los fundamentos y beneficios de esta proclama dorada.

Si bien su mera enunciación no es tan simple en su concreción, es de enorme ayuda a la hora de procurar nuestro bienestar espiritual y por ende el de las personas con las que nos relacionamos. Esta reciprocidad es fundamental para poder vivir unos y otros mucho mejor en nuestro universo donde estamos todos interconectados.

Es por eso que quisiera expresar mis más sinceras disculpas a aquellas personas que se sintieron acosadas laboralmente por mí.

Muchas veces en el afán por resultar gracioso, piola, seductor o simpático, producto de inseguridades e ingenuidades, actué mal, a la hora de proferir dichos desafortunados, altivos y carentes de cortesía.

Nunca me propuse acosar a nadie, lo que no implica que algunas personas experimentasen esa horrible sensación.

Nunca abusé de nadie ni ofrecí ventajas laborales a cambio de favores de ninguna índole. Creo fervientemente en el consenso mutuo para cualquier relación, pero también pienso que debí haber obrado con mejores modos, porque la ansiedad, la intensidad y la carencia de empatía arrasan con frecuencia al debido respeto.

El hecho de que no hubiese actuado con malvadas intenciones no implica que no haya podido hacer sentir mal a quienes fueron objeto de mis palabras.

Muchas veces consideramos a la ironía como un elemento de inteligencia, pero como cualquier ingrediente usado por demás arruina el manjar más delicioso. El sarcasmo excesivo nos aleja de quienes somos y exhibe nuestras inseguridades. Me permito este juego de palabras: el cinismo es una forma de evitar el sí mismo, se trata de una de las tantas máscaras que el ego elige para no mostrarse.
 

 

Fuente: Teleshow