El 2018 se va y nunca volverá. El sorprendente triunfo de Cambiemos en 2017 fue la antesala del debate por el recorte previsional y lo que los medios se encargaran que recordemos: una batalla campal sobre “no sé qué”. Pero ese conflicto no cerró el 2017, sino que abrió el 2018. 

La frase de este año fue del ministro de economía Nicolás Dujovne. ¿Qué dijo y cómo lo dijo? “En la Argentina nunca se hizo un ajuste sin que caiga el gobierno”. La excepción que celebró Dujovne también esconde su impotencia: ajustar así no era exactamente lo que “quisieron”. De un ajuste duro no se vuelve, era el mantra de Durán Barba frente a los ortodoxos en las reuniones de campaña en 2015.

Como contracara de esa “frase del año”, podemos colocar como “personaje del año” al joven Juan Grabois. El hombre que incomoda a todos. ¿A todos? A todos. A los kirchneristas porque les promueve una discusión interna sobre la ética pública que los descoloca. A los “estrategas” porque lanza antes que nadie la candidatura de CFK. A los macristas porque es capaz de negociar, sentarse a su mesa, decirlo y hacerlo y después dedicarles diatribas y marchas. Cultiva un perfil altísimo y corre un riesgo enorme: convertirse en “un político más” de esta grieta. Convertirse en otro Sabatella. Atrapado en las audiencias propias. Su performance en el garaje de Clarín parecía una imagen de años atrás: alejado de lo que lo puso “ahí”, es decir, de ser un vocero privilegiado del 30% de pobres, de ese número (más/menos) al que el Observatorio de la UCA (ese organismo al que los gobiernos alternativamente aman y odian) distingue como paisaje estructural de la Argentina democrática. Cumplimos 35 años de democracia y tenemos el elefante de la pobreza en el bazar financiero. 

Si en los años 80 nacía la militancia de derechos humanos, en los años 90 nacía la militancia social. Nacía como sujeto en base a la reparación de un derecho vulnerado. Y decimos “nacía” en virtud de que se consolidaba su lugar en el mundo político. No era una pura novedad. Y no nacía estrictamente “contra” lo político, sino en parte a su pesar, y en parte como evidencia de que en “lo político” no estaba agotada la política, en todo caso: para organizar la demanda de los sectores golpeados del pueblo argentino. En los cortes de ruta o en los debates televisivos hacían uso de una representación de hecho de los sectores populares. El ataque mediático e intelectual que sufrían era justamente para romper su representación posible. Los presentaban como caciques de su tribu, beneficiarios de recursos públicos que sacaban a la fuerza, eran todo menos un canal que ponía en escena la realidad de otros millones que los podían estar viendo por TV.

Pero la militancia social es un reflejo: el reflejo rápido que acompañó un cambio, una mutación, en la Argentina, a partir de la transformación de su aparato productivo. Diríamos: existen “militantes sociales” desde que existe la economía neoliberal en Argentina. Donde termina el Estado o adonde el Estado no llega o donde retrocede, crece esa militancia social. No es una compensación, no es simétrico, no hay un genio maldito que articula esa relación de fuerzas, pero es parte diríamos, de la “naturaleza argentina”: si tirás una semilla crece una organización. Y así como el desocupado en Argentina pudo mantener desde los años 90 su identidad política (en Argentina se podía perder el estatus laboral pero no el político) en la figura del “trabajador-desocupado” o piquetero, también podemos decir que los movimientos sociales son algo así como el “Estado-desocupado”.

También en los años 90 el crecimiento de este movimientismo social fue paralelo y no confluyó con la política, y mucho menos con la creación de una oferta electoral relevante. Los intentos fueron magros: recordemos el Polo Social del padre Farinello o el Partido de los Trabajadores de Luis D’Elía, o las distintas alternativas que apoyaba la CTA cuyo slogan marcó una década (“La nueva fábrica es el barrio”). El prestigio de “lo social” no tenía traducción inmediata en “lo político” o en “lo electoral”, porque además, toda su aura, una vez que atravesaba el umbral, se derrumbaba. Como si confirmara su verdadera miga al pasar de pedir bolsones de comida o recursos a pedir “el voto”. ¿De qué hablamos? Del difícil pasaje de lo social a lo político. También Juan Carlos Blumberg supo de esto, luego de aupar multitudes en su reclamo de mano dura tras la trágica muerte de su hijo en un hecho de inseguridad cruel. Sin embargo, ese hombre de pelo blanco, padre dolido de un hijo único sacrificado, que ofició de ingeniero civil de una nueva juridicidad, no fue acompañado con las velas hasta las urnas. 

Estas palabras anteceden una pregunta que está también en el presente: ¿qué está pasando entre las organizaciones sociales que se fortalecieron durante el macrismo y la elaboración de una alternativa política? ¿Puede Juan Grabois convertirse en político de la noche a la mañana? La gimnasia de la organización callejera y territorial no es la mejor amiga de las mediaciones. No es una política de cara a la audiencia, sino de cara a la base. 

Y es más: el kirchnerismo también fue nutrido por esa militancia. Muchas organizaciones hicieron su paso a lo político al calor de la adhesión a Kirchner y a Cristina y en la incorporación de su “experiencia” militante como insumo del Estado. Sin embargo, esos “pasajes” mostraron justamente que ese límite entre lo social y lo político se seguía subrayando. Esa militancia kirchnerista organizaba la base pero no sabía incorporar los votos. Cristina tenía votos, pero no el cristinismo. La pregunta, entonces, frente a un militante social que pasa a la política es si es capaz de hablar y de pensar un horizonte común para aquellos que no representa. Dicho más fácil: ¿cómo le hablan a las clases medias los que representan a las clases bajas?